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Renault Fuego, el clásico de Renault

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Renault Fuego

A mediados de 1979 empezaban a llegar de Francia las primeras imágenes espía de un Renault, que parecía una versión coupé del R-18, y que, con un diseño futurista intentaría posicionar a la marca del rombo dentro del entonces cada vez más pujante mundillo de los Gran Turismo, era el Renault Fuego.

El aperturismo del mercado español lo trajo definitivamente a este lado de los Pirineos. Su estética, rompedora en la fecha de su presentación, la cuál se realizó en Jerez de la Frontera, por cierto; sigue teniendo un halo de actual, lo que le resta seguro, unido al número de unidades disponibles, algo de interés por el momento como clásico propiamente dicho.

Si no fuera por estas circunstancias, probablemente el Renault Fuego sería uno de esos coches buscados y mimados por los aficionados, porque reúne muchas virtudes para ello y sólo pocos defectos. De hecho, es un vehículo que se puede utilizar actualmente para el uso diario sin mayor problema. Todo arranca de una buena concepción: un coupé amplio, con cuatro plazas reales, un motor de más que probada fiabilidad, resultón en prestaciones, con muy buena capacidad rutera y un diseño que gustó.

Añadía un aura de vehículo de importación, lo que en aquellos años en los que se discutía si derribar las barreras del arancel con Europa, no dejaba de tener su importancia.

Para el desarrollo del Renault Fuego se partió de la plataforma del Renault 18 y esto se deja sentir tanto a favor como en contra. En este último sentido, su antediluviano eje rígido trasero ya le valió numerosas críticas en su época, si bien era más lo que se decía que lo que realmente éste influía en su conducción. Sin duda es algo ‘cabezón’ y tiende a irse de morro en las curvas, pero para eso es un tracción delantera con el motor colgando por delante del eje. Un ajuste de las presiones de los neumáticos, dándole algo de firmeza al tren delantero, aminora este efecto. Además una carretera bacheada y virada no es precisamente su hábitat ideal, le van más las largas rectas, buen firme y poco tráfico.

El puesto de conducción del Renault Fuego es fenomenal. Los asientos de pétalo, que aúnan comodidad y sujeción lateral, y el ajuste en altura del volante, hacen muy fácil el encontrar una posición agradable y con todo a mano. No en balde, la ergonomía de los salpicaderos ya estaba en pleno auge en aquel momento. Un volante bastante conseguido para darle ese aire deportivo preside una instrumentación completa y de fácil lectura, quizá excesivamente colorista; junto con una modesta, para su tiempo, consola central. Los acabados no eran de lo mejor del coche, lo que se traduce actualmente en múltiples ruidos de los plásticos del interior. Obviando esto, el confort de crucero es elevado porque unas marchas relativamente largas y una insonorización bien lograda otorgan una agradable sensación de rodar sin esfuerzo.

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